Sobre mí

Carmen Herce Grijalba

Esta aventura comenzó hace más de 30 años, paseando entre campos de cultivo salpicados de fragmentos de cerámica, visitando yacimientos con alfares que abastecían de tejas, ladrillos o vasijas a la romana Calagurris y su zona de influencia. Visitas y más visitas a museos, sitios arqueológicos o bibliotecas.

Curiosidad e interés que pronto se convierte en pasión. Una pasión llena de interrogantes, una búsqueda constante de respuestas: ¿Qué medios tenían aquellos artesanos? ¿Qué procedimientos seguían? ¿Qué tratamientos aplicaban? ¿Cómo eran sus hornos? ¿Cómo calculaban la temperatura de cocción? ¿Cómo obtenían los engobes y recubrimientos?

Preguntas y más preguntas que solo pueden ser contestadas desde la experiencia: probando, intentando, fracasando y a veces logrando un buen resultado.

En ello empleo toda mi energía y mi fuerza, aprendiendo cada día, indagando, estudiando, ensayando…

Modelar la arcilla, acariciarla, darle forma hasta conseguir transformar la materia dúctil y maleable en un objeto útil y bello.

Tal vez fuera ese el propósito de aquellos antiguos alfareros: alcanzar con su trabajo LA BELLEZA DE LO COTIDIANO, no solo en las magníficas vajillas que adornaban mesas y banquetes, también en las humildes lucernas iluminando estancias, en las ánforas esperando ser abiertas en la penumbra de las despensas. Morteros, ollas o dolias formando parte de ese universo de objetos tan familiares, tan cercanos. Todos ellos prácticos, valiosos y necesarios.

Fueron sus manos hábiles las que transformaron esa humilde arcilla en piezas capaces de retener líquidos, contener o almacenar alimentos, levantar muros o cubrir tejados. Y no solo imprimieron en esos elementos su utilidad intrínseca, también los dotaron de proporción, equilibrio, armonía y belleza.

Arcilla mezclada con agua hasta hacerla moldeable, aire que seca, oxida o reduce, fuego que transforma…

TIERRA, AGUA, AIRE Y FUEGO
No hay más secretos · SIGILLVM